Ana.

Ana, pedagoga, logopeda, interprete de sordos y con mil títulos más, es decir, profesional vocacional dedicada a cuidar y atender a esos niños maravillosos que precisan una atención humana especial por su condición de extrema vulnerabilidad, siempre ha compaginado y compatibilizado perfectamente su delicado trabajo con sus obligaciones como creyente católica, madre, esposa, hermana, amiga y evidentemente como compatriota española y ciudadana de Madrid.

Ana, muy por encima del estricto cumplimiento de sus obligaciones contractuales y profesionales, como tantos otros compatriotas, ha tenido la inquietud y necesidad vital de sentirse útil, aportando su granito de arena a través de su derecho a opinar y participando en infinidad de áreas, religiosas, sociales, políticas, económicas, en fin, ya sabéis, esas cosas con la que los anónimos ciudadanos de a pie nos atrevemos de vez en cuando, con el fin de mejorar el orden y la justicia social, respetando siempre las normas establecidas y aprobadas por todos y sobre todo bajo la premisa de garantizar obligaciones y derechos, ayudando a cumplir ese maravilloso y necesario equilibrio, pero con la ilusión y esperanza de mejorar el segundo, si fuera posible.

Ana, como tantos otros compatriotas, a lo largo de su vida ha luchado contra nuestros enemigos y les ha plantado cara con sus principales armas, la fe en Dios y la fuerza de una madre luchadora, el último de ellos, el Covid-19.

España, y toda la sociedad ha demostrado un sentido del deber y de la responsabilidad elevadísimo, demostrando al mundo entero que somos un pueblo a la altura de las circunstancias, no sólo por el acatamiento cívico de las medidas aplicadas por las Autoridades Sanitarias, sino por las muestras y demostraciones de solidaridad y humanidad que espontáneamente surgen día a día entre las personas, familias, pequeñas y grandes empresas, fundaciones, agentes sociales, bueno, por todos en general.

Ana, como tantos otros compatriotas, luchando toda la vida para hacer que la de otros fuera mejor y más digna, nos abandonó el pasado 16 de abril de 2020, si, ella con 57 años perdió esta batalla contra el Covid 19, pero lo peor de todo es que, no sabemos si perdió también toda esperanza en este mundo terrenal, en la moralidad de esa sociedad a la ella dedicó su vida y vocación para intentar mejorarla, cuando comprobara que en el momento de abandonarla, el Virus, la inexperiencia, la falta de medios, la presión, la descoordinación, en fin, no lo sé, le negara uno de los fundamentos más valiosos para ella, el amor, el acompañamiento y el calor de los suyos.

Rezo a Dios para que no fuera así, con la certeza de que al menos Él la sostuvo en todo momento entre sus manos.

En recuerdo de Ana Rodriguez-Pardo del Castillo.

 

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